Hernández Domínguez Rebeca
Alejandra, 618.
RESUMEN
El último Turquito.
Por Miguel Álvarez del
Toro.
El lugar
donde se desarrolla esta historia es una de tantas y tantas heridas por donde
Chiapas exhibe su caliza; donde manos irresponsables han quitado la exuberante
cabellera que formaba el bosque, dejando mondo el cráneo de la roca; donde se
ha levantado una raquítica cosecha de maíz a cambio de quemar una fortuna;
donde en minutos la ceniza ha reemplazado a la fibra vegetal que tardo siglos y
milenios en formarse; donde la hecatombe empezó cuando un bípedo,
insignificante ante la grandiosidad de la Naturaleza pero creyéndose su amo, llego armado de un
hacha y gran ambición, tapados los ojos por la ignorancia, sellados los oídos
por el tintinear del dinero.
Aguas limpias, saltando sobre las piedras y formando cristalinas
pozas, corren por el fondo de un pequeño barranco, arrullando con su murmullo a
los turipaches que esperan el sol sobre una roca, verde por tanto musgo que la
cubre y húmeda por el salpicar del agua. La humedad se hace visible en una
tenue niebla que lentamente escurre entre la maraña y flotando, flotando llega
hasta las copas de los gigantes milenarios cuyo follaje compite con el de las
enredaderas que trepando por los carcomidos troncos tejen mallas de caprichosas
vueltas, por donde escapan ágilmente los monos al ser espantados por la sombra
del águila arpía. Las campánulas azules, blancas y rosadas abren sus corolas al
fresco de la mañana, dando colorido al verde oscuro del follaje y permitiendo
la entrada a las primeras abejas silvestres que afanosas buscan el perfumado
polen; de vez en cuando aparece un abejorro de abigarrada pelambre.
En un arbolillo de mediana altura y racimos de maduras frutillas,
danzan su cortejo amoroso varios turquitos de plumaje negro y rojiza cabeza, de
patas amarillas y ojos blancos. Las hembras de verdoso ropaje observan, ya
interesadas, ya indiferentes, lo complicados saltos y volteretas de los
rechonchos cuerpecillos de los machos ocupados en tan ritual competencia. Van y
vienen, saltan y chillan, revolotean a
veces, todos siguiendo la misma ruta de ramitas cuidadosamente despojadas de
follaje. Cuando un grupo se cansa toma su turno como espectador y a su vez
contempla a los danzantes o mira con gozo el verde panorama de verdes laderas,
todo apretadamente cubierto de espesa vegetación. De vez en cuando la asamblea
se disuelve y durante largos minutos los pajarillos devoran glotones las
jugosas frutillas, luego retornan a la danza amorosa. Son, ni más ni menos, una parte del conjunto armónico de la
Naturaleza.
Mas una mañana, igual como la descrita se escucha un sonido nuevo. Un
ruido nunca antes escuchado y que paraliza momentáneamente a las criaturas del
bosque. Es un sonido sordo, acompasado por un “tac” ominoso. Es la barbarie que
llega con disfraz de progreso, con pretexto de necesidad. Es el desierto que en
hombros de los bípedos humanos toca a las puertas del bosque.
Los seres arrogantes tan insulsos que en sus creencias dicen que todo
en la Naturaleza fue hecho para servirlos, ya no tan sólo pasan de largo. En la
lejanía aún se escuchan los gemidos de los gigantes sacrificados para abrir esa
brecha, que malamente se transforma en heraldo de la destrucción, cuando se
escuchan nuevamente los sonidos del hacha fatal que muerde ya a la vera del
camino y vorazmente avanza ladera arriba. ¡Habitantes del bosque escuchad! Es
la marabunta humana que llega arrastrando tras sí la desolación.
Es la evolución que la Naturaleza perfeccionó para suicidarse. Son los
ilusos que se creyeron reyes de la creación y destrozando, corren
vertiginosamente hacia su propia destrucción.
Pasa un año pasan dos. Los habitantes móviles del monte pretendieron
huir, inútilmente, al norte, al oriente, al poniente, al sur; sólo encontraron
desolación, ya el humano había pasado por ahí. Los vegetales, anclados a la
tierra, incapaces de huir, tuvieron que esperar aterrados hasta que esos seres
destructores, incapaces de escuchar los alaridos de terror vegetal, los gemidos
de los gigantes milenarios desangrados en el suelo, llegaron machete y hacha en
mano derribando y derribando, luego quemando y quemando.
Las rocas desnuda constituyen ahora todo el escenario, mezcladas aquí
y allá con tocones calcinados, con madera preciosa chamuscada. Primero
estuvieron disimuladas por el verde del maíz, después un poco menos y
finalmente las raíces ya no encontraron tierra que nutriera a las plantas y
éstas no crecieron lo suficiente ni para
ocultar las rocas; entonces los destructores dejaron el lugar y buscaron nuevos
bosques para transformar en desiertos.
Donde el panorama era verde y por las
mañanas se velaba por la húmeda niebla, ahora es blanco y es gris y también se
vela por las ondas de calor que desprenden las desnudas rocas y el suelo al ser
tocados por el sol. En lo alto de un pináculo rocoso, tan escarpado que el
hachero no pudo escalar, pero hasta donde si llegaron las terribles llamas,
sobreviven apenas unos cuantos arbustos achicharrados a cuya raquítica sombra se refugia un pajarito triste,
de raído plumaje negro y cabeza roja. Sus ojos de iris blanco miran incrédulos
aquella desolación y sus persistentes silbidos desesperados son una maldición
para los hombres que no supieron coexistir, que no supieron tomar sin destrozar
y que mañana ellos mismos estarán en la misma condición que el turquito.
Los gritillos del turquito persisten, el pajarillo no quiere creer que
ya nadie contestará su llamado. Su débil canto sólo es oído con indiferencia
por un tordo de enlutado plumaje, nuevo recién llegado como eterno seguidor del
hombre y su destrucción; una de las pocas criaturas silvestres que pueden
adaptarse a vivir junto con el caos del hombre. El turquito suspende unos
momentos sus angustiosos llamados para buscar una de las pocas frutillas
chamuscadas, ¡mas hace poco comió la última! Además del hambre lo atormenta la
sed, el arroyo hace tiempo está seco, hace días enmudeció el último lodo
aprisionando el cadáver de la última rana; el rocío ya no se condensa más y la
niebla húmeda ya no existe. Este día también el arbustillo llega al límite de
su resistencia y las últimas hojas aún verdosas se doblan hacia abajo. Los
gritillos del turquito se escuchan nuevamente, pero ya no son iguales a los de
su especie, ya no es canto de amor, ya no es canto de alegría, es lamento de
desesperación.
El piquillo abierto, el plumaje erizado, el turquito descubre algo
blanco que se abre paso entre las ondas de calor. Es un chamaco que bañado de
sudor sube la loma, camino del lugar donde, allá lejos, sigue la tumba de otro
trozo de monte; tiene el rostro enrojecido y la desesperación por tanto calor
quiere invadirlo. Por un momento ¡que ironía! Se agacha en la escasa sombra que
proporciona el chamuscado tronco de un chinine, el mismo que hacía tiempo le
proporcionó grasosa fruta para saciar su hambre, cuando aún estaban en la tarea
de asesinar árbol tras árbol, él, su padre y su tío.
El tronco muerto, ennegrecido, no proporciona mayor alivio contra ese
calor y el chamaco campesino sigue su camino por el árido paisaje. La vereda
sube hasta el pináculo rocoso y en la punta de un arbustillo secarrón, el
chamaco descubre un pajarillo que parece muy manso por estar desfallecido. Es
un pajarillo negro y rojo, con sus blancos ojos entornados y el piquito abierto
por la sofocación. Olvida un momento su cansancio y rápido saca la fatal
resortera. Zumba una piedra que golpea un cuerpecillo casi muerto de sol, de
hambre y sed. Como si tal cosa, el chamaco ni se digna dar una segunda mirada a
su inocente víctima y calcinado por el ardiente sol apenas si recuerda la
belleza de este lugar, cuando recién llego acompañado de su padre en los comienzos de la rosa. Apenas los dulces chicizapotes
que comiera y hasta reconoce los
árboles al ver sus troncos negros, derribados, llenos de polilla, la mitad
convertidos en ceniza.
Sobre una roca áspera, moviéndole las plumillas el caliente aire, está
el inmóvil cuerpecillo rechoncho del último turquito. Es la mano del hombre que
ha pasado por aquí. Es la civilización que ya llegó por acá.
OPINIÓN:
Me gustó
mucho la lectura porque el autor, con su historia, nos describe muy bien la
insensibilidad que el ser humano puede llegar a tener y el egocentrismo; y las
cosas que puede llega a hacer por estas razones, y que no miden las
consecuencias, y muchas veces no hacen nada para repararlas.
Cuando
estaba leyendo la narración, en varias partes lloré, porque, en mi opinión, el
autor logró transmitir ese dolor de todos los seres vivos que vivían en la
selva tropical de Chiapas, al ver que su hogar, que sus congéneres y otras
especies, estaban siendo destruidos y exterminados poco a poco.
Con esta
lectura recordé uno de los por qué quiero estudiar biología, y es porque cuando
termine mi carrera quiero trabajar retribuyéndole a nuestra madre naturaleza,
aunque sea un poco, lo que ella nos ha dado, o lo que muchas veces le hemos
quitado; y en muchas ocasiones hasta hemos llegado a hacer que desaparezcan
otras especies, solo para beneficio nuestro, sin darnos cuenta de que la
naturaleza no es algo exterior a nosotros, que no es un objeto inanimado que
está ahí a nuestra disposición, sino que en realidad somos parte de ella y que
ella es más sabia que nosotros.
Por eso
espero que cuando termine mi carrera pueda ayudar a reparar todos esos daños
que el ser humano, a lo largo del tiempo ha causado; y poder concientizar a las
personas que están a mi alrededor sobre esto.
Muy buena opinión.
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